Dejad que los niños jueguen

Las fronteras, ¿Cómo una línea imaginaria puede llegar a causar tanto daño? El sentimiento de superioridad basado en el nacionalismo es una de las peores enfermedades que se conocen: Todos están enfermos, nadie lo reconoce y todavía no existe una cura. Esa enfermedad fue la que llevó al pueblo kosovar -de mayoría albanesa- a luchar por una mayor autonomía con respecto a Serbia y, esa misma enfermedad, fue la que llevó al pueblo serbio a mermar esa autonomía mediante un referéndum.

A nadie le gusta perder lo que es suyo, y Kosovo era -y sigue siendo- para Serbia su tesoro más preciado. En territorio kosovar se encuentran las raíces del pueblo serbio, que perdieron a manos del imperio Otomano en el Siglo XV y no lograron recuperar hasta la Primera Guerra Balcánica de 1912. Pensar que la mayoría albanesa podría estar planificando una desanexión del territorio patrio serbio hizo que se endureciesen las medidas para una “repatriación” del territorio kosovar con pobladores serbios.

Del mismo modo, a los albano-kosovares del territorio les acechaba un sentimiento de pertenencia a otra patria. Vestían como albaneses, hablaban como albaneses, se relacionaban con albaneses, vivían como albaneses, pero, de facto, eran serbios. En el marco de la reafirmación de la República Federal de Yugoslavia y el endurecimiento serbio contra su pueblo, Kosovo se autoproclamó independiente en 1991, lo que encendió la chispa definitiva que dio paso a la violencia.

Hermanamiento entre kosovares y albaneses durante un partido

Yugoslavos y kosovares, mediante el Ejército de Liberación de Kosovo, se enfrentaron durante años hasta llegar a considerarse un problema de carácter internacional casi una década después. Entre tanta masacre, tanto dolor y sufrimiento, tanto llanto innecesario por un pedazo de tierra, se encontraban los refugiados. Más de 800.000 almas que vieron como, por pretensiones políticas de intereses cruzados, se veían obligados a dejarlo todo para caminar por sendas de barro y desolación hasta los países vecinos. Albania y Macedonia, ayudados por tropas aliadas de diferentes nacionalidades, acogieron a casi un millón de corazones rotos, con heridas en la piel por curar y un dolor en su interior que tardaría mucho más tiempo en cicatrizar.

Los que menos culpa tenían de toda esta problemática eran los niños. Seres inocentes que no entendían por qué, de la noche a la mañana, se veían obligados a marchar de sus casas para caminar y caminar, día y noche, hasta llegar a un campamento. No comprendían el por qué, de manera repentina, se habían acabado los juegos, papá y mamá ya no sonreían -algunos ni siquiera contaban con la suerte de poder decir “mamá ni papá”-.

Niños kosovares saludan a soldados británicos durante la guerra (1999)

A veces, cuando hacía buen tiempo en el campo de refugiados y se podía contar con una pelota, los pequeños disfrutaban de un partido de fútbol, bien contra otros niños que corrían la misma suerte o contra tipos de traje de distinta tonalidad verdosa, con botas y armas. No eran enemigos, sino soldados de la OTAN de distintas nacionalidades que velaban por su seguridad y querían arrancar una sonrisa a esos desvalidos jóvenes.

La encerrizada lucha entre los pueblos balcánicos acabó con la intervención de la OTAN hace justo 21 años. Se bombardeó el territorio en guerra, obligando a los serbios a retroceder y permitiendo que los refugiados volvieran a sus hogares bajo la supervisión de las Naciones Unidas. El distanciamiento entre ambos bandos era insalvable, pero Kosovo no alcanzó el estatus definitivo de país independiente hasta 2008. En la actualidad, 112 países reconocen a Kosovo como nación, aunque Serbia se negará a hacerlo por considerar el referéndum de independencia kosovar insolvente.

Si el camino hasta la independencia fue complicado, la legalización y reconocimiento de las federaciones deportivas kosovares costó todavía más. En el fútbol, la FIFA no permitió jugar amistosos a la selección nacional absoluta hasta 2014 (Kosovo 0-0 Haití), prolongándose en las fechas oficiales hasta 2016, siendo incluida como miembro 210 del ranking FIFA.

Plantilla de Kosovo antes de su primer amistoso oficial en 2014

Hoy por hoy, aquellos hijos del barro y las ruinas acabaron convirtiéndose en hombres. Muchos se vieron obligados a abandonar -pero nunca olvidar- su patria para poder ganarse la vida en otros países. Muchos de ellos obtuvieron otras nacionalidades y disfrutaron de la internacionalidad con sus países de acogida hasta que, de la mano de Gianni De Biasi (Seleccionador de Albania de la época) y Albert Bunjaki (Ídem con Kosovo), se realizó una labor de búsqueda y repatriación de futbolistas albano-kosovares diseminados por toda Europa.

Algunos, estrellas en sus selecciones –Xhaka y Shaqiri en Suiza-, declinaron la oferta, pero llevan por dentro el orgullo nacionalista que les hizo celebrar con el águila bicéfala -símbolo de Albania- sus goles ante Serbia en la Eurocopa de 2016. Otros muchos aceptaron y volvieron a sus selecciones de origen previo permiso de UEFA y FIFA, estos son los casos de Celina, Rashani y Berisha, que habían sido internacionales con Noruega; y Ujkani, Rashica, Rrahmani, Shala y Muriç, internacionales con Albania.

Tan solo han pasado dos décadas desde que aquellos niños asustados pateasen el esférico frente a soldados ingleses. Los hombres que ahora defienden la camiseta del combinado nacional kosovar se encuentran en su mejor momento desde la inclusión de la federación en la FIFA. De la mano de Albert Challandes y con figuras como Rashica y Muriqi, han escalado hasta el puesto 114 del ranking FIFA, están a un paso de clasificarse para la Eurocopa de 2020 y contaban con la racha más larga sin conocer la derrota de todo el mundo, desde el 9 de octubre de 2017.

Berisha y Muriqi celebran un gol ante Inglaterra con la camiseta especial del partido

Esa racha terminó el pasado 10 de septiembre, precisamente frente a Inglaterra. El partido fue una fiesta desde el pitido inicial, acabó 5-3 a favor de los ingleses y no pareció contar como una derrota en la afición kosovar. Ellos sabían que el verdadero partido lo habían ganado, en parte, gracias a la ayuda inglesa veinte años atrás, y los hombres que defendieron el escudo del combinado kosovar aprendieron que, pase lo que pase, nunca deben dejar de jugar como aquellos niños que se divirtieron con los soldados ingleses, niños que siempre mantendrán en el recuerdo, pues, sin saberlo, pusieron la primera piedra para la construcción del fútbol kosovar.

Hay que dejar a los niños jugar.                                                             

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