Italia 90: El primer mundial del nuevo fútbol

El apodado Mundial del Catenaccio no terminó brillando por la excelencia futbolística, el promedio goleador más bajo de la historia de los mundiales lo corrobora, pero sentó precedente para los primeros experimentos de la modernización del fútbol mundial.

Los vientos del cambio soplaban por toda Italia con la recién empezada década de los 90, y el mundial de fútbol que acogió fue muestra de ellos. Alemania Federal jugaría su último mundial bajo tal denominación tras la caída del muro de Berlín, situación que compartiría con la Unión Soviética, Yugoslavia y Checoslovaquia. Italia 90´ sería también el último mundial antes del éxodo exótico de la sede hacia países con menos tradición futbolística (Estados Unidos 94´, Japón y Corea en 2002 o Sudáfrica en 2010). Quizá ese cambio inminente hizo que fuera uno de los mundiales más conservadores dentro del terreno de juego.

Quizá fue casualidad, pero, mucho antes de que las camisetas de fútbol evolucionasen hacia un elemento estético capaz de llevarse fuera del estadio y en uno de los mundiales menos vistosos de la historia, Adidas vistió a Alemania Federal con una de las camisetas más bonitas que se hayan hecho nunca. Una camiseta así se merecía un trofeo, y los alemanes lograron levantar la preciada copa del mundo con un gol tardío de penalti ante Argentina.

Matthäus y Littbarski levantan la copa

Ese conservadurismo futbolístico se desvaneció fuera del verde, puesto que Italia 90´sirvió como un primer paso hacia la idea del fútbol como objeto de marketing. Sin ir más lejos, el césped del Olímpico de Roma se troceó, selló en resina, y vendió en pequeñas porciones por más de 3.000 millones de las antiguas pesetas. La fiebre del mundial invadió a los italianos, y con ellos al resto del mundo, gracias a las estrategias que se trazaron alrededor del Etrusco. Ciao, una suerte de muñeco antropomórfico con cabeza de pelota de fútbol, sería la mascota de un mundial que no dejaría indiferente a nadie en términos de negocio. La imagen del simpático personaje se comercializó en todo tipo de productos, desde equipamiento deportivo y textil, hasta utensilios de lo más variopinto, pasando por el mítico Fiat Panda edición especial Italia 90´.

Fiat Panda edición Italia 90

El mundial era un escaparate único al mundo, y, celebrándose en Italia, hubiera sido un sacrilegio no dedicarle un espacio a la moda. En la ceremonia de inauguración, diseñadores como Valentino, Missoni, Mila Schön y Gianfranco Ferré, ofrecieron un desfile para el público presente. En cuanto a elegancia se trata, la selección que brilló fue la anfitriona. La fortuna no les acabó sonriendo y la Azzurra tuvo que conformarse con un tercer puesto y el galardón de máximo goleador (6 goles) para Salvatore Schillaci, pero la selección italiana destiló porte y carisma en su recorrido hacia la final.

Dirigidos por Azeglio Vicini y vestidos por Diadora; Baresi, Maldini, Ancelotti, Donadoni, Mancini, Gianinni y compañía brillaron con un sencillo uniforme azul con pantalón blanco y medias azules, con pequeños detalles en la punta de las mangas y el cuello con los colores de la bandera italiana y el escudo de la federación bordado al pecho, pero las prendas que realmente llamaron la atención en cuanto a diseño fueron las chaquetas.

Vicini en un entrenamiento de Italia

El diseño ya se venía usando desde 1989, aunque sin el escudo de la federación, en los entrenamientos de la Azzurra. Dos tonos de azul, claro para el pecho y oscuro para las mangas, separados por una franja blanca y otra con cuadros blanquiazules y rematada con un diseño espiral sobre las mangas. Una maravilla atemporal que sigue destilando elegancia 30 años después. Lo mismo ocurre con la chaqueta blanca que utilizaban para saltar al campo, con detalles azules y la misma espiral con los colores de la bandera, una prenda adelantada a su época que hizo las delicias de los aficionados a la Azzurra.

La belleza de las prendas, el ímpetu de tener a todo un país detrás, la ambición por conseguir el ansiado triunfo y la calidad individual de los miembros de la plantilla hicieron de Italia una de las selecciones más vistosas en aquel mundial, pero si un nombre sobresalía en cuestión de carisma, era el de Roberto Baggio. Ese pelito rizado, esa cara de pillo, ese desparpajo con el balón, ese tremendo gol a Checoslovaquia… En definitiva, Baggio era distinto, especial, y se notaba cada vez que tocaba el esférico. Él, junto a sus  compañeros, pusieron la chispa que necesitaba el Mundial de Italia para ser recordado como el precursor de la modernidad -a veces corrompida y prostituida- del fútbol actual.

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